jueves, 11 de noviembre de 2010

¿Por qué cuesta tanto lidiar con los ciclistas de carretera? (I)

¿Por qué cuesta tanto lidiar con los ciclistas de carretera? (I): "
No cabe duda de que la bicicleta es mi segundo (incluso primero) sistema de transporte. La uso casi a diario. Con ella incluso he recorrido países extranjeros de arriba a abajo (el cicloturismo es la mejor forma de explorar un país que no conoces, os lo aseguro). Sin embargo, en cuanto cojo un coche, no entiendo a los ciclistas.
Sobre todo me exasperan los ciclistas de carretera que me encuentro en mi trayecto a Barcelona, cuando estoy circulando por las famosas curvas del Garraf. Para que no las conozcáis, estas curvas son una de las pocas alternativas para dirigirte a Barcelona si no quieres apoquinar uno de los peajes de autopista más caros del país.
En consecuencia, este camino estrecho, pegado a la montaña, con un precipicio al otro lado, está perpetuamente saturado de tráfico. Y no sólo de turismos: también circula un buen número de camiones que apenas pueden superar las curvas más cerradas, invadiendo el carril contrario. El riesgo se palpa en cada curva, las estrecheces a veces son incluso agobiantes. El viaje, un horror.
Y ¿qué falta aquí? Increíblemente, a diario, un ejército de ciclistas perfectamente equipados se lanzan por esta montaña rusa en forma de carretera. La mayoría, en las acusadas subidas, apenas puede avanzar, ralentizando todo el tráfico que espera detrás una oportunidad para rebasar al ciclista invadiendo el carril contrario y rezando para que no aparezca un camión en la siguiente curva (los tramos rectos son siempre cortos).
Miles de toneladas de hierro lidiando con frágiles ciclistas en no menos frágiles bicicletas. Con la ley en la mano, al parecer tienen derecho a circular por estas curvas; con el sentido común en la mano, hacerlo es propio de inconscientes o de suicidas. ¿Acaso no hay más carreteras más seguras para pedalear? ¿El riesgo que entraña hacerlo por aquí, tanto para ellos como para el conductor, no es capaz de arredrar a los cientos de valientes?
Bien, ya me he desahogado. Perdonad la catarsis. Estáis aquí para saber la razón de que la mayoría de nosotros, al volante, despreciemos a los ciclistas, no para leer acerca de mis pequeñas obsesiones. Así que vamos al grano:
El punto básico es que nuestro cerebro no capta un vehículo cuando se encuentra con una bicicleta, sino a un ciclista, un ser humano.
Dejando a un lado los problemas de visibilidad y otros problemas perceptivos, incluso captando el vehículo a dos ruedas y tracción humana, nunca nos referimos a él como una bicicleta sino como un ciclista. Un ser humano en la carretera. Un ser human en un cruce (los lugares más peligrosos para los ciclistas).
Cuando nos movemos por el tráfico, todos nos movemos también por un conjunto de estrategias y creencias, muchas de las cuales operan a nivel inconsciente, como ha sugerido una serie de experimentos a cargo de Ian Walker, un psicólogo de la Universidad de Bath en Inglaterra. Os lo explicaré en la próxima entrega de este artículo.
Vía | Tráfico de Tom Vanderbilt


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Walker enseñó a diferentes conductores cualificados una fotografía de un ciclista detenido en un cruce que miraba hacia la calle del otro lado pero que no efectuaba la señal de giro con el brazo. ¿Qué pasó cuando se les pidió que predijeran el siguiente movimiento del ciclista? Que un 55 % respondió que no iba a girar, y el 45 % restante dijo lo contrario.
En otro estudio, Walker enseñaba fotografías de un ciclista con ropa llamativa en diferentes situaciones del tráfico de un pueblo inglés.
Valiéndose de un ordenador, se pedía a los sujetos que eligieran entre “parar” o “seguir” en función de lo que pensaban que iba a hacer el ciclista en diversos cruces. Se mostraba a los ciclistas haciendo la señal correcta del giro del brazo, echando un vistazo fugaz o más largo por encima del hombro o no haciendo ninguna señal. Los resultados se anotaban según el número de “buenos resultados” (cuando el conductor tomaba la decisión correcta), “falsas alarmas” (el conductor paraba cuando no debería) y lo que Walker predecía que serían colisiones.
Lo que ocurría a menudo es que los conductores pecaban de cautelosos, había muchas falsas alarmas. Pero también pasaba algo muy curioso: cuando el ciclista ofrecía claras indicaciones, como la señal de giro con el brazo, ahí es justo cuando se producían la mayoría de colisiones. ¿Por qué la buena señalización provocaba que el conductor del coche no reaccionara correctamente?

La respuesta puede ser que los ciclistas son culpables simplemente de parecer humanos, en vez de coches anónimos. En un estudio anterior, Walker hizo que los sujetos contemplaran diversas fotografías de tráfico y describiesen lo que pasaba. Cuando los sujetos veían una fotografía con un coche, tenían más probabilidades de referirse al tema de la foto como a una cosa. Cuando observaban una imagen donde aparecía un peatón o un ciclista, era más probable que empleasen un lenguaje que describía a una persona.
¿Y esto cómo afecta a la conducción? Al parecer, según Walker, lo que hacemos es emplear demasiada capacidad mental en mirar a la cara y los ojos del ciclista, como demostraron estudios en el que se empleaba software de seguimiento de los ojos. Allí es donde la mirada pierde más tiempo.
Eso parece ocupar más tiempo que el acto de mirar simples cosas y conllevar más esfuerzo mental (los estudios han demostrado que las lecturas electroencefaográficas, o EEG, forman picos cuando se encuentran las miradas de dos personas). Quizá intentemos obtener de ellos más información que el simple dato de hacia dónde van a girar. Quizá busquemos indicios de hostilidad o bondad. Quizá busquemos altruismo recíproco. Quizá nos fijemos en hacia dónde miran en vez de a lo que indica su brazo.
Vía | Tráfico de Tom Vanderbilt

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