viernes, 13 de abril de 2012

Las peores poesías de la historia

Las peores poesías de la historia:
Ya hace unos años, me quedé bastante a gusto con mi artículo La poesía me parece una estafa, donde ponía un poco en solfa algo que parece intocable (los que me leéis a menudo, ya sabéis que es algo que me divierte, tenga o no tenga razón: ¿acaso importa?). Allí, sobre todo, lo que cuestionaba no era tanto la poesía como la rima, el ripio. Cierto que los recursos estilísticos de la prosa y hasta de las obras divulgativas también empañan el mensaje. Cierto que la cadencia de las oraciones puede llegar a ser muy persuasiva, como lo es la melodía de una canción, animándonos o entristecernos sin usar ni una sola palabra. En ese sentido, rima y retórica son herramientas equivalentes.
Pero siempre se me ha antojado la rima un elemento mucho más artificioso que el resto de los recursos que se usan para reforzar la imagen de un texto. Porque la rima busca, sobre todo, disfrazar y desnaturalizar el texto per se, recurriendo para ello a la musicalidad más obvia; siempre demasiado consciente de sí misma. Y ya no digamos cuando hablamos de sonetos y otras construcciones de alambicada métrica.
Dicho lo cual, y quizá para reforzarlo, en adelante os hablaré de las que se consideran los peores versos de la historia... o quizá de los mejores, depende del crítico y de nuestra impostura.
Por ejemplo, Adam Lindsay Gordon (1833-1870) escribió lo siguiente inspirándose en el tema de la guerra:
¡Flash! ¡Flash! ¡Bang! ¡Bang! Entre fogonazos nos movemos,
y el techo gris enrojece y estalla.
¡Flash! ¡Flash! Y sentí su bala arrancarme
un trozo de oreja. ¡Flash! ¡Bang!

William Wordsworth intentó explorar las posibilidades de una poza:
La he medido de lado a lado;
tiene tres pies de largo y dos de ancho.

Mientras que a John Bidlake le movía la compasión por las verduras:
La perezosa zanahoria duerme en la cama,
el guisante lisiado, solo por no poder ponerse en pie.

El peor poeta norteamericano probablemente sea Julia Moore (1847-1920), la “dulce rapsoda de Michigan”, de la que Mark Twain incluso dijo que su primer libro le proporcionó diversión para veinte años. Sus temas favoritos: el gran incencio de Chicago y la epidemia de fiebre amarilla y, en general, cualquier muerte violenta. Su fórmula era siempre similara a ésta:
¿Conocen el terrible destino
de don P. P. Bliss y su mujer?
Relataré su fallecer
y el de otros fallecidos
en el desastre
del puente de Ashbula,
en el que tanta gente se nos ha ido.

El diccionario nacional de biografías inglés señala que la obra del poeta George Wither “destaca sobre todo por su volumen, su fluidez y su uniformidad. Por lo general le faltan cualidades literarias auténticas y cae a menudo en la estupidez ripiosa.” No en vano, en su poema Amé a una moza podemos leer la siguiente estrofa:
Llamábame “cariño”
y, oh, sí, también me besaba
pero, ahora, ¡ay, dolor! me ha dejado
tranlará, tranlará, lará.

Sin embargo, tal y como explica Stephen Pile en El libro de los fracasos heroicos, a Whiter le sirvió de mucho ser tan rematadamente malo:
En 1636 la vida del gran poeta se vio amenazada cuando fue capturado por los partidarios del rey durante la guerra civil inglesa. Cuando sir John Denham, el poeta, oyó hablar de la inmimente ejecución de Wither, acudió ante el rey y le rogó que le salvara la vida. Cuando le preguntó cuáles eran sus razones, sir John contestó: “Porque mientras viva Wither no se me considerará a mí el peor poeta de Inglaterra.
Si hablamos de poetisas, la más ridícula, a jucio de Samuel Pepys, es Margaret Cavendish, duquesa de Newcastle, cuya obra, en 1667, fue definida por Pepys de esta forma: “la cosa más ridícula que se ha escrito en la vida”. Su método consistía en dictar en medio de la noche a unos criados apostados a tal efecto en tiendas de campaña en la antecámara. Y dictaba cosa como “¿Qué es líquido?”:
No podemos llamar líquido a todo lo que fluye
o fuego y agua serían lo mismo
Pero el líquido es húmedo y mojado,
y el fuego nunca puede tener esa propiedad.
Luego no es el frío lo que apaga el fuego,
sino la humedad lo que lo hace morir sin duda.




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