martes, 21 de agosto de 2012

El relato, el relato

El relato, el relato:
Strauss-Kahn y Anne Sinclair han tenido unas vidas que para nosotros las quisiéramos usted y yo, unas vidas de Boutique del gourmet de El Corte Inglés comparadas con las vidas de Mercadona, cuando no de Día, de la mayoría de la gente; unas vidas plenas, si eso existe, tanto desde el punto de vista intelectual como desde el profesional, por no hablar de lo que han follado, que a la hora de la auditoría final también cuenta. Se ve a la legua que han follado como lobos hambrientos, como linces de tamaño medio y cuerpo moteado, como felinos de osamenta flexible y pelo corto y suave. Y después de follar han aullado de insatisfacción o plenitud, depende, a la luz de la luna desde las ventanas de los mejores hoteles del mundo, con las botellas de Moët & Chandon derramadas sobre la moqueta y los restos del caviar deshidratándose en sus cucharitas de plata.
La formación de él, que va desde las ciencias políticas a la economía, pasando por el derecho público, le ha permitido moverse con idéntica soltura en el mundo de la enseñanza universitaria, en el de la política y en el de las finanzas. Ha sido dos veces ministro, una de ellas con Mitterrand, que cuenta el doble, y ha dirigido el FMI. Al final, la vida más brillante y mejor follada cabe en cuatro líneas.
En cuanto a ella, Anne Sinclair, licenciada en Derecho, pero con formación política también, ha ejercido un periodismo de calidad y éxito tanto en medios escritos como en la televisión, donde a lo largo de 13 años entrevistó a las personalidades más relevantes de la política y de la cultura del momento. Una estrella, en fin, que en 1991 se unió a Strauss-Kahn formando entre los dos una constelación de carácter político-económico-social con más brillo que la Vía Láctea.
Ella es millonaria. Él no, pero procede de una familia de clase media ilustrada y masona. Se doctoró (¡ay, el dinero!) con una tesis titulada: Economía de familia y acumulación patrimonial.
Viene este pequeño resumen biográfico a colocar sobre la mesa la idea de que las personas que salen cuando les da la gana en las páginas de sociedad, cultura o política de la prensa sienten una nostalgia enorme, de la que quizá no sean conscientes, por las páginas de sucesos. Está bien, en fin, que saquen un libro tuyo en la portada del suplemento literario de Le Monde, que te citen en los editoriales políticos de The New York Times o que desayunes con tu foto en la primera de The Economist. Todo eso es magnífico, suele venderse como la realización de un sueño adolescente que con frecuencia era el sueño adolescente de tus papás. Pero cansa. La realización total solo se halla en la sección de sucesos como el deseo absoluto solo se satisface con la muerte ¿Hay, pues, derecho a que esté ocupada esta sección indefectiblemente por delincuentes de segunda en el país de la grandeur?
Estamos hablando de Francia, amigos, donde las novelas del francófono Simenon se leen como en otros lugares la Biblia. Donde Althusser, uno de sus filósofos más internacionales, estranguló a Hélène, su esposa de toda la vida, y el asunto coló como un crimen intelectual. No vamos a afirmar, porque no lo tenemos documentado, que la matara para escribir, ya desde el manicomio y lejos de las tensiones de la vida cotidiana, El porvenir es largo, pero lo cierto es que se trata de una autobiografía prodigiosa, que nos habríamos perdido sin el asesinato. Estamos hablando de Francia donde, seamos claros, si para escribir un buen libro hay que matar a la esposa, se la mata sin que le acusen a uno de violencia de género, que es una vulgaridad. Estamos hablando de Francia, la patria de François Villon, autor de La balada de los ahorcados, escrita en el corredor de la muerte, mientras desde la ventana de su celda observaba balancearse, movida por el viento, la cuerda de la que habría de pender su propio cuerpo….
¡Qué atracción fatal poseen las páginas de sucesos, las crónicas de Tribunales! Qué diferencia entre una necrológica cultural, de las que dedicamos a cualquiera de los escritores que mueren cada día de su cáncer pequeño-burgués, o de su neumonía chiquitita, o de su infarto doméstico, o de su enfisema de mierda, qué diferencia, decíamos, entre esas necrológicas y la crónica de sucesos que se ganó a pulso, por ejemplo, Pasolini, que nació fuera de Francia, el pobre, por equivocación.
El crimen, los tribunales... ¿No recuerdan ustedes aquel libro magnífico, “Yo, Pierre Riviére, habiendo matado a mi madre, mi hermana, y a mi hermano…”? Pues estaba escrito por Foucault, otro estructuralista francés, muy amigo de Althusser, a quien visitaba con frecuencia en el manicomio donde lo habían recluido para ahorrarle la cárcel. La fascinación por las páginas de sucesos, ya decimos, por la sección de Tribunales, la fascinación por las zonas de la prensa donde, más que enumerar datos, se cuentan historias. Los políticos acaban de descubrir hace dos días la importancia del relato y no se les cae de la boca esa palabra. El relato, el relato… Tenemos que construir un relato para explicar al contribuyente por qué lo sodomizamos sin pausa.
En eso estamos todos, en la construcción de un relato. Strauss-Kahn tenía un curriculum de muerte gracias al que abría un día sí y otro también los telediarios de medio mundo. Pero no tenía una novela; sobre todo, no tenía una novela negra, una novela simenoniana, no había salido aún en la crónica de Tribunales. No había llegado a nada. Hay gente que confunde el curriculum profesional con la novela personal, pero no tienen nada que ver. ¿Cómo vas a comparar una relación de hechos inconexos, todos de carácter legal, con una novela de crímenes?
Y aquí es donde el hombre pone en marcha una doble vida digna de la grandeur a la que pertenece (ya se ha dicho que ha sido ministro de Mitterrand, otro tipo con un lado oscuro de cojones). Y aquí es donde coincide con Anne Sinclair, una lectora infatigable de lados oscuros que pondrá su fortuna al servicio de toda la capacidad autodestructiva de su novio primero y de su marido después.
Lo que pasa es que las ricas como Sinclair pueden coquetear un rato con el mal por aburrimiento, pero sin comprometerse de verdad con él. Los ricos no necesitan relato como no necesitan sentido porque la pasta tapa todas las carencias. De modo que tras la última detención de Strauss-Kahn por un presunto caso de proxenetismo, parece que ha decido abandonarle. “Allá tú con tu relato", le ha dicho para volver donde solía.
Pero él ya tiene su novela.
Próxima entrega, el miércoles: Los miembros del Gobierno

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